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Archive for 12/05/09

Tal día como hoy hace ocho años iniciaba yo en Roncesvalles mi camino hacia Compostela. Fueron 33 días para recorrer unos 750 kilómetros, todo a pata y mochila al hombro, como en los viejos tiempos. Y en solitario. Bueno, no del todo porque uno siempre hace amigos en El Camino, pero vamos, que iba a mi bola y sin acompañantes fijos.

Me dio por emprender esta aventura porque llevaba unos meses en paro, estaba libre de compromisos y me dije que era la oportunidad de hacer algo así, sin prisas y tomándome el tiempo necesario. 33 días de hecho es una marca bastante pobre, casi todo el mundo lo hace en entre 25 y 30, incluso un prejubilado Basauritarra que conocí la primera noche se jactaba de haberlo hecho en 18 días, asustadito me dejó; y el tío era la quinta vez que se iba “a saludar a Santi”, como él lo llamaba. Lo perdí de vista al día siguiente, vaya ritmo llevaba el jodío.

Yo lo empecé en Roncesvalles

Yo lo empecé en Roncesvalles

Para mí la gran gracia de El Camino fue precisamente esa: ir con calma, disfrutando de cada paso, relajadito, y aprovechando para degustar las delicias gastronómicas de las distintas provincias que se atraviesan. Un txuletón memorable en Navarra, pochas en La Rioja, lechazo de churra en Palencia de los que se derriten en la boca, espectacular cocido maragato en Astorga, un botillo (me lo zampé entero yo solito) en El Bierzo y ya en Galicia, de todo: pulpo, rape a la gallega, callos con garbanzos, ternera, lacón, y la gran traca final, una supermariscada en el mismito Santiago para celebrarlo. Lo mejor es que fuimos a un restaurante bastante puesto con pintas de peregrino (chándal de Pryca y sandalias) y todo el mundo en las otras mesas superencorbatados y tal. Cual aprendiz de Jesús Gil, me fumé un pedazo de Cohiba con un copazo de coñac del güeno ante las indiscretas miradas de la peña, sólo me faltó poner los pies encima de la mesa. No todos los días se celebra el final de una peregrinación, qué carallo.

Lo que me encantó de esta aventura fue la sensación de libertad, de estar en control de mi propio destino. Tenía todo lo necesario en mi mochila y, cual si fuera un caracol bípedo, decidía sobre la marcha hasta dónde caminar cada día, dónde parar a echar una siesta, dónde comer, etc. Hubo días que caminé más de 30 kilómetros, otros 15, según me diera. A veces hacía etapas largas en 5 ó 6 horas y en una ocasión tardé 10 en una etapa corta, me dio una pequeña pájara y  tuve que parar varias veces a descansar; mi condición física entonces era tan deplorable como ahora. De noche, dormía a pierna suelta a pesar de que en algunos albergues pernoctábamos más de 50 peregrinos en una misma habitación, pero está uno tan cansado que a las 9 ya se le caen los párpados. Y a las 6 ó 7 de la mañana, diana y a caminar.

Vieiras también comí unas cuantas

Vieiras también comí unas cuantas

Como dije, iba solo y hubo tiempo para la meditación y la introspección, algo muy saludable, aunque también conocí mucha gente: de Brasil, Nueva Zelanda, Estados Unidos, Austria, Uruguay, Francia, Holanda, Italia, Alemania, Australia… los españoles éramos más bien minoría. Y había un buen rollito que te cagas, muchas veces hacíamos fondo entre varios, comprábamos cuatro cosas en la tienda del pueblo y montábamos una cena comunitaria en el albergue. Hasta se liga y todo. Hakuna Matata.

Ya imaginarán que el rollo religioso no era para nada mi motivación para este peregrinaje, ni siquiera en plan movida espiritual-ascética, ni nada por el estilo. De hecho, un amigo me recomendó leer antes de salir el libro de Paulo Coelho “El Peregrino de Compostela” y lo tiré a la basura tras aguantar unas veinte páginas, vaya tostón, comida de tarro total. Sin embargo, fue en este viaje la última vez que fui a misa motu proprio (es decir, sin que sea bautizo, comunión, boda o funeral), así, porque hoy es hoy, me apeteció y punto. Quieras que no el misticismo de El Camino te atrapa y te pones trascendental en algún momento. Nada que no cure una buena botella de tintorro.

Sí me emocioné mucho en la misa del peregrino en la catedral de Santiago, donde además pudimos disfrutar del vuelo del botafumeiro, sufragado por unos turistas ingleses. No sé cómo funcionará ahora, pero en aquel entonces el botafumeiro sólo lo sacaban a pasear “de oficio” los domingos, el resto de días había que apoquinar como 10.000 pelas, que por suerte pagaron los guiris. Después, despedidas llorosas en la plaza del Obradoiro y cada mochuelo a su olivo.

Obradoiro Square: Game Over

Obradoiro Square: Game Over

De todo el periplo, la etapa que más me gustó fue la escalada a O Cebreiro, que supone la entrada en Galicia y la subida más dura del recorrido. Para hacerla más divertida me dio por caminarla de noche, aprovechando que había luna llena. Empecé la ascensión como a las 11 y llegué arriba a las 3 y pico, con un frío que pelaba y fantasmagóricos jirones de niebla jalonando mi entrada en el pueblo. Sólo faltó que me saliera una meiga. Como estaba todo cerrado –lógico a esas horas-, monté el chiringuito en un cobertizo y tras fumarme un Montecristo para celebrar la hazaña, a romper la quietud de la noche a ronquido limpio. Aquí paz, y después gloria.

Pues eso, que hoy hace ocho años y me he puesto nostálgico. No les voy a dar la chapa con que me cambió la vida ni cosas de esas, más que nada porque sería mentira; pero sí les digo que repetiría el paseo sin dudarlo y desde luego se lo recomiendo a todos los que tengan tiempo para ello, que de pasta sale bastante barato y encima adelgazas y coges buen colorcito de cara al verano. Buen Camino.

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