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Archive for 15/06/09

Como ya les informé, la semana pasada volví a Roma a continuar las conversaciones iniciadas dos semanas antes con un posible cliente. Fue una gran sorpresa ya que no contaba yo con que la cosa cuajara, visto como fue la primera reunión. Así que pensé que una de dos: o nuestras capacidades improvisaticias y embaucadoras se han refinado hasta llegar a límites insospechados, o el cliente este es un sádico que nos ha llamado de nuevo para meternos otra somanta de hostias. Por suerte parece que era lo primero.

Dado que la oportunidad pinta gorda y no están los tiempos para dejar escapar estas cosas, montamos una presentación galáctica, con un despliegue de medios que no había visto en mi vida, a saber:

– Más de 20 personas en la sala (contando el equipo del cliente), 5 de las cuales veníamos volados de fuera.
– 3 personas más por teléfono desde 2 puntos diferentes de los USA, más otros dos expertos desde Londres.
– Documento PowerPoint con todo tipo de efectos especiales (incluyendo demo online), colgado en Internet para ir viéndolo todos a la vez. Lo que se dice un web meeting.
– Intérprete para traducción simultánea, ya que algunos de los presentes no capiscan el inglés.

Ni en el Coliseum se vivió un espectáculo tan fastuoso

Ni en el Coliseum se vivió un espectáculo tan fastuoso

Con semejante tinglado por delante, nos personamos en la sala, en el edificio del cliente, una hora antes de la convocatoria, para asegurarnos que todo funciona correctamente. Que Murphy no perdona, oiga.

Nos ponemos a hacer el cross-check: mesa y sillas, OK; aire acondicionado, OK (albricias); ordenador, OK; proyector, OK; pantalla, OK; conexión a Internet, OK; subir el documento al web meeting, OK; altavoz, OK; pinganillos de traducción simultánea, OK; intérprete, OK (y encima está buena!); línea telefónica, NOT OK, repito, NOT OK. Houston, we have a problem.

Conseguimos que nos traigan un técnico para ver qué pasa, y rápidamente da con el problema: la sala sólo tiene línea telefónica interna, pa llamaditas entre departamentos, utilísimo. Curiosamente, la conexión a Internet sí permite salir al mundo exterior. Rarezas de las políticas corporativas.

Le pedimos al maromo que nos active la línea externa, que nos hace mucha falta, y casi se nos descojona: que pa eso hace falta el formulario P-3 por duplicado, con firma del jefe de sección, el director de operaciones, y San Pedro si es posible. Y además, ni con eso nos lo garantiza porque hay que localizar el número al que pertenece la línea y llamar a la telefónica italiana y nosécuántas polleces más. Me cago en todo lo que se menea.

Informamos al manitas de que en la reunión va a estar el jefe supremo de su tribu, que no tendrá inconveniente en firmarle lo que haga falta pa que todo funcione; es más, si no funciona algo hasta puede que rueden cabezas. Eso le convence y se pone manos a la obra mientras le observamos ansiosos.

Pasa el tiempo y no termina de funcionar la línea. Por suerte el cliente se retrasa –marca de la casa- y empezamos media hora tarde. Hay que decidir cómo nos vamos a organizar sin teléfono, pues hay partes de la presentación que tienen que hacer nuestros expertos de allende los mares, a los que encima hemos obligado a un madrugón de la hostia.

Tras varias deliberaciones al respecto, me cae la china: me toca conectarme a la conferencia con mi móvil, escuchar atentamente lo que dicen mis colegas y repetirlo alto y claro a los de la sala, mientras la intérprete traduce mis palabras, vaya circo. Parece fácil, pero no lo es, hay que concentrarse mucho para no meter la gamba y a los dos minutos ya estaba sudando la gota gorda. Y con las preguntas ya ni te cuento: se las hacían en italiano a la intérprete, que me las repetía en inglés, y yo a mi vez repetía a los expertos ultramarinos para a continuación regurgitar las respuestas. Los más avispados lectores se preguntarán ¿y por qué no hablaba la intérprete directamente con los expertos? Buena pregunta, ya se nos ocurrió eso; pero la putada es que el móvil y el pinganillo de traducción simultánea se acoplaban y no se oía una mierda.

Tres cuartos de hora tuve que estar jugando al telegrama de esa guisa, hasta que llegó sonriente y ufano el técnico diciendo que ya estaba tó arreglao y la línea funcionaba perfestamente. El suspiro de alivio se oyó en San Marino.

A partir de ahí, coser y cantar, les dejamos anonadados con nuestras ideas tan superoriginales y lo listos que somos, menudo display de brillantez empresarial. El problema vendrá cuando hablemos de precios…

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