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Archive for 28 enero 2010

Superfuerte, tía. Lo de mi cliente es de psiquiatra. Hace unos días, hallábamos nos tranquilamente currando en la sala que gentilmente nos había cedido el cliente meses ha para poder trabajar on site, cuando de repente aparecen cuatro currelas con sus monos azules diciendo que a darse el piro, que tenían orden de desalojarnos ipso facto.

Ante nuestra ojoplática mirada como única reacción los tíos preguntaron, con el tono nervioso propio del que sabe que la pregunta es retórica porque la respuesta es obvia: “Cómo?, que no os han avisado?, pues en 30 minutos esto tiene que quedar vacío, que van a meter aquí a un pez gordo”.

Pues no, majos, no nos han dicho ni mú. Heridos en nuestro orgullo, empezamos a soltar nombres que pudieran impresionar a los sufridos operarios: “pues si no nos lo confirma Menganito, de aquí no nos vamos”, “¿Esto lo ha aprobado Fulanito?”, “Cuando se entere Zutanito seguro que os da la contraorden de dejarnos donde estamos”, etc

Para nuestra desgracia, lo único que conseguimos con todo ello fue ganar un poco de tiempo porque, uno tras otro, Menganito, Fulanito y Zutanito se acochinaron en tablas y dijeron que la orden venía de muy arriba, que ajo y agua y a obedecer tocan.

– Y, a todo esto, a dónde nos mandan ahora?
– Pues a una especie de sala-zulo de la mitad del tamaño de la anterior, sin sillas, sin aire acondicionado (rezo a todos los dioses por no seguir en este proyecto en verano), que encima está en otro edificio –habrá que salir a la calle para cualquier reunión…-, que por cierto no tiene ascensor, y con magníficas vistas a los ladrillos del edificio contiguo, casi ni entra el aire cuando abres la ventana.

Esto no es humano, pareciere que esta gente disfrute puteando a sus consultores y proveedores varios.

Ya aceptado tan aciago destino y con un poco más de calma, hablamos con nuestro principal valedor, el cual, como único consuelo, se disculpó diciendo que le habían enviado un e-mail informándole del cambio hace N días y que no lo había leído pues se quedó olvidado entre el porrón de emilios que recibe a diario. Que si lo llega a leer la monta, porque él, como la Esteban con su Andreita, por nosotros mata. Que se ponía desde ya a buscarnos otra sala mejor donde podamos desarrollar nuestro brillante trabajo con dignidad y eficiencia, y añadamos, si cabe, todavía más valor para el sacrosanto accionista de esta casa.

Todo muy bonito, pero entre pitos y flautas habíamos echado la mañana sin dar un palo al agua y todavía no teníamos ni sillas donde sentarnos. Así que hubo que pasar al plan B: darnos al pillaje. Con la rapidez y coordinación propias de un comando de élite, asaltamos varias salas de reuniones circundantes y nos hicimos con bonitos asientos donde aposentar nuestros bonitos culos. Luego, investigando, investigando, descubrimos que había una sala contigua que estaba vacía y que nadie reivindicaba como suya, así que a okupar, que en una sola no cabemos todos.

En unas horas nos hemos hecho fuertes en nuestros nuevos aposentos y de ahí no nos saca ni Dios, a no ser que sea para ir a un sitio mejor acondicionado para el desempeño de las tareas de alto rendimiento intelectual por las que somos mundialmente conocidos. Hostias ya, si es que o se pone uno en plan pirata o le toman por el pito del sereno.

¡¡De las dos salas nuevas, no nos moverán, noooo nos mooo-veee-ráááááán!!

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Ayer tuve otra interesante experiencia de las que le enamoran a uno del maravilloso placer de volar. Pa empezar, madrugón olímpico para pillar el vuelo de AirEuropa con salida a las 7:05 de la mañana. Que no son horas, oigan.

Uno, que es previsor, viendo que había nevado en Madrid toda la tarde-noche del domingo, adelanta la salida de casa por si hay caos en la M-40, no sea que pierda el vuelo. Así que el móvil toca diana a las 04:30, qué sensación tan gratificante para un Lunes; cojo el coche y con la intrepidez y firmeza propias de conductor experimentado con 14 puntos, voy sorteando rotondas a 3 bajo cero y nieve hasta las orejas. Me culea un poco el vinículo sin llegar a más. Por suerte la M-40 está bastante bien y libre de nieve, llego a Barajas con tiempo de sobra.

Así de mal estaba la cosa

Una vez en la puerta de embarque nos hacen esperar un poco más de lo habitual, pero a los 20 minutos embarcamos. Quién dijo que Barajas es un caos cuando nieva. Ya cuando todo el pasaje está cómodamente (bueno, todo lo cómodamente que se puede estar en un avión) sentado y me preparo para escuchar atentamente el discursito habitual en tres idiomas sobre cómo abrocharse el cinturón y ponerse el chalequito, nos habla el piloto. Que va a ser que todavía no salimos, que aún no nos han dado hora y no se sabe cuándo nos la darán, habrá que esperar. Añade, en tono audiblemente cabreado, que la culpa no es sólo de la nevada y la niebla, sino también de una “huelga encubierta ilegal” de los controladores.

Que manda huevos que un piloto se cabree por la huelga -encubierta e ilegal o no- de otro colectivo, con las que montan ellos de vez en cuando, panda de cabrones. En cualquier caso, repasando la prensa de hoy no veo que ningún medio aluda a esa posible huelga (algo que sí se había denunciado en días pasados), así que me da que el comandante nos contó una milonga. Aunque este “diario de una nevada” aparecido en El Confidencial y supuestamente escrito por un controlador, además de la noticia que ha soltado hoy Pepiño, dan que pensar que igual sí que hay más que tiranteces entre los controladores y AENA, lo cual seguramente contribuyó a alargar nuestro doloroso confinamiento en la aeronave.

Y es que dos horas después de embarcar allí seguíamos, pacientemente esperando que a nuestro capitán le dieran hora pa despegar. Algunos pasajeros se bajan del avión a pesar de las advertencias de que perderían el billete si lo hacían. Las azafatas y azafatos reparten agua amablemente y luego pasan el carrito por si alguien quiere algo más sólido. Pero cobrando, eso sí, que vaya cabreo se cogió alguno con el feo detalle. El pobre azafato se excusaba como podía: “no, si yo por mí le regalaba el bocata, pero no me dejan”. Tanto insistió la gente que al final, ya a las tres horas de embarcados, el alto mando accedió a que nos dieran café gratis. En vasos de plástico, que no hay tazas pa tós.

En ese momento nuestro líder anuncia que le han informado de que en una hora salimos. Venga, que ya falta poco. Menos mal que me había cogido varios periódicos al embarcar y pude matar el tiempo sin aburrirme demasiado. Que había algunos que te ponían de los nervios con sólo mirarlos: caminando arriba y abajo del pasillo, mirando el reloj compulsivamente, preguntando a las azafatas –que lógicamente no tenían ni puñetera idea de cuándo saldríamos-, cagándose en las putas madres del piloto, los controladores y Pepiño Blanco, etc. Otros pasaban el rato escribiendo largas parrafadas en las hojas de reclamaciones.

Yo esta vez me lo tomé con muuuuuucha tranquilidad. Por un lado, ya tengo los cojones renegríos del humo de mil batallas, y a base de darme cabezazos contra múltiples muros he aprendido que poco se gana en estas situaciones poniéndose borde. Y por otro, tampoco tenía ninguna reunión superimportante ni el retraso me afectaba más allá que para quitarme horas de mi jornada laboral, así que por mí, como dice la canción, “let it snow, let it snow, let it snow”. A dormir y a esperar novedades.

Ha pasado hora y media desde que el comandante anunciara que en una hora salíamos, cuatro y media desde que nos metieron en el avión, y ahí estamos. Se han acabado el agua y los víveres, el aire está cada vez más viciado y cuesta respirar. Presas de la desesperación, comenzamos a devorarnos unos a otros. No, es broma, tampoco estaba tan mal el patio, aunque a más de uno se le veía a punto de hacer una locura.

Tras casi cinco horas amorraos al finger (que por cierto, no sé por qué en España les llamamos así si en inglés –al menos en USA- les dicen jetway o jet bridge), el avión se pone en marcha. Salva de aplausos entre el pasaje. Rodamos hacia la pista y en un momento dado nos paramos. Pasamos diez o quince minutos quietos y la gente se teme lo peor. Habla el capitán: que ahora hay que esperar a que descongelen el avión, que hay cola. Más paciencia. Que además yo, en mi profunda ignorancia, no termino de entender lo de descongelar el avión: si cuando vuelan a 10.000 metros de altura allá arriba hará como 40 ó 50 bajo cero y no pasa nada, por qué hay que descongelarlos cuando en tierra hace 4 ó 5 negativos?? algún ingeniero me lo explique, plis.

Total, que nos descongelan, que es algo mucho menos espectacular de lo que cupiera suponer: básicamente suben a un pavo a una grúa para que enchufe anticongelante a presión con una manguera. Visto desde dentro del avión es un poco como estar en un autolavado.

Así se descongela un avión

Finalmente, algo así como cinco horas y media más tarde de lo previsto, despegamos. Oh, qué maravillosa sensación sentir cómo se abandona el duro y frío suelo para surcar los aires libre cual paloma de la paz!! La ovación es ahora atronadora, a alguno se le escapa una lagrimita. Final feliz.

Lo que no entiendo muy bien es por qué nos embarcaron sin tener hora para despegar, hubiera sido mucho más grato afrontar el retraso desde la comodidad de la sala VIP, atiborrándome a pastelillos y snacks varios por la jeta. Pero bueno, hace mucho tiempo que dejé de intentar entender las decisiones de las aerolíneas, parece que siguen firmes en su eterna consigna: puteemos al pasajero todo lo posible, que por algo los billetes son cada vez más baratos y perdemos dinero a espuertas.

También me sorprendió que el retraso fuese tan larguísimo comparado con el del pasado 21 de diciembre, día en que cogí ese mismo vuelo y también nevaba en Madrid. En mi modesta opinión de observador meteorológicamente analfabeto, ese día nevó más que ayer, o al menos se veía bastante más nieve tanto en la M-40 como en las pistas de Barajas. Y sin embargo en esa ocasión “sólo” nos tuvieron hora y media en el avión, por culpa de la espera para la puta descongelación, que a ver si se compran más estaciones descongelatorias de esas. Tal vez es cierto lo de la huelga de controladores que denunciaba el piloto y por eso hubo más retraso ayer. O simplemente fue otra muestra de la ancestral confabulación judeomasónica que une a pilotos, controladores, seguratas, maleteros y directivos de aerolíneas en pos de un ideal: si quieres volar, a pasar por el aro.

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