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Marronazo de proporciones bíblicas el que me cayó la semana pasada. Además era de carácter internacional, nivel Very Fucked-Up Cross-Border Brownie (VFUCBB, según la nomenclatura de la International Academy for Brownie Studies de Viena).

Todo empezó el miércoles, me se acerca mi jefa con esa sonrisilla de “prepárate, machote, que te vas a cagar” y espeta: “te puedes ir a Roma mañana?”. Mi reacción natural hubiera sido decir “cacho cabrona, mejor me iba hoy e igual me cuelo en la final de Champions” (por cierto, ‘norabuena al Barça!!!), pero no, educadamente (se nota la formación en colegio de pago) me limité a decir “sí, locusté ordene, mi reina y señora”.

Ella tenía una presentación con un cliente transalpino y por vaivenes de agenda no podía ir, así que en mi calidad de mamporrero oficial de primera categoría me correspondía a mí la cobertura. Que no me preocupe, que es algo muy facilito, presentación estándar B-1, hartito estoy de hacerla. Llegar, soltar el rollo y pirarse. Lo que se dice hacer el paracaidista. Otros autores (Dilbert et al.) lo llaman “Bungee Boss”.

El "jefe-puenting" en acción

El "jefe-puenting" en acción

Hasta aquí todo bastante bien. Lo de viajar no me importa, es bueno cambiar de aires y salir de la rutina de vez en cuando. Por otro lado, es algo que no parece complicado. Y un huevo. Me debo estar agilipollando con la edad o algo, en lugar de volverme más zorro creo que soy cada vez más inocentón. Será la epidemia de talantitis que invade nuestra bienamada nación. El caso es que tenía que haberme olido que había gato encerrado. Que es casi axiomático que enmarronamiento paracaidista = hostiazo morrocotudo. Se cumple siempre.

Llega el día D y tras madrugón olímpico, de los de no saber si acostarse pronto o directamente irse de copas y empalmar (si viviera en Barcelona ésta hubiera sido sin duda la opción elegida…), llego sin novedad en el frente a la ciudad eterna. Calorazo agobiante, con un grado de humedad para el que mi metabolismo mesetario no está preparado, así que el Rexona me abandona a los pocos minutos de aterrizar.

Reunión preparatoria con mis colegas romanos en nuestras oficinas. Primera sorpresita. Que el cliente no espera ver la presentación B-1, que esa ya se la sabe, que su expectativa es ver hoy la C-2 en versión avanzada, ampliada y adaptada al mercado italiano, más anexos técnicos. Que poco menos que espera recibir al experto mundial en la materia. Pues aviaos vamos, que yo he venido aquí a hablar de mi libro y puedo cambiarle el envoltorio y ponerle un lacito, pero no reescribirlo. A improvisar tocan, frenéticamente pergeñamos algunas slides, recolectamos otras de documentos pasados y nos inventamos unos cuantos números. Nos queda un batiburrillo sin pies ni cabeza mitad en inglés y mitad en italiano, hasta se coló alguna frasecita en español, pero mis colegas están convencidos de que eso es mejor que lo que yo traía. Pos vale, yo ya me dejo llevar.

A todo esto se nos echó el tiempo encima y hay que ir cagando leches al cliente. Cojamos el metro, que el tráfico es un caos y en taxi no llegamos. Me cago en su puta madre, vaya mierda de metro tiene Roma. Cutrísimo, abarrotao y sin aire acondicionado. Si Julio César levantara la cabeza echaba a sus responsables a los leones. Encima se ve que es muy inseguro y mis compañeros me dicen que me abrace al portátil como si fuera mi hijo; y como no habíamos comido, compramos unos panini en un kioskete y nos los zampamos durante el viaje. Esto sí que es multitasking: mantener el equilibrio frente a empujones y frenazos traicioneros mientras se aferra uno al portátil con una mano y se come un panino con la otra, todo ello a la vez que se suda a mares.

Llegamos y nos hacen pasar a una sala que debe ser de esas multifunción, en este caso para reuniones y saunas, un horno sin aire acondicionado y con ventanucos tipo prisión de máxima seguridad. Además el habitáculo tiene un aforo como para la mitad de los que somos y hay que apretarse; para mayor inri me toca al lado del proyector, bien calentito. Haciendo gala de la proverbial puntualidad y buena educación romana, el cliente aparece más de media hora tarde con sus secuaces, cuando yo ya casi había hecho charco de tanto sudar.

La reunión fue una bonita colección de estereotipos italianos: la agenda saltó por los aires a los 30 segundos y estuvimos unas dos horas de cuerpo a cuerpo a base de gritos, interrupciones, gesticulaciones melodramáticas, tacos, 7 conversaciones a la vez, etc, y encima no me enteré ni de la mitad porque tras el “hello, nice to meet you” inicial pasaron todos al italiano, salvo para hacerme preguntas putas. Nos dieron la del pulpo, vaya encerrona.

Parece que al menos salvamos los muebles y el cliente no rompió relaciones bilaterales, todo un éxito visto como pintaba el tema. Lo malo es que nos puso deberes y emplazó a seguir avanzando a la mañana siguiente, con lo que tuve que cambiar mis planes y quedarme a dormir. Ni siquiera pude darme el gustazo de meterme una cena pantagruélica a cargo de la empresa, porque entre que tuve que currar en el hotel para preparar unas paginitas más y que con la mierda de la crisis nos han apretao el presupuesto para viajes hasta rayar en la inanición, cené una ensaladita en un cutre-bar y gracias.

Al día siguiente todo fue más tranquilo, sin prisas, con menos gente y en una sala en condiciones. Eso sí, los inútiles de la agencia metieron la gamba al cambiarme el billete y no me quedé en tierra de milagro. Y la aerolínea tuvo el detallazo de obsequiarme con una horita de retraso, la especialidad de la casa.

O sea que estuve poco más de 24 horas en la capital tiberina y no tuve ni un respiro para pasear por el centro. Con la ilusión que me hacía ir a la farmacia más cercana al Vaticano y pedir una caja “King Size” de preservativos estriados -también “King Size”…- “máximo placer”.

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