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La cervecería Oliver Twist está en el número 6 de Repslagargatan, en el barrio de Södermalm en Estocolmo. A algunos les sonará Södermalm porque se ve que en esta isla transcurre gran parte de la famosa trilogía “Millennium”, de ahí el chorratítulo de este post, que entenderán si siguen leyendo.

Es un bar bastante majete, imitando los tradicionales pubs victorianos ingleses. Sirve nada menos que 23 cervezas diferentes de barril y más de 150 en botella, algunas de ellas de pequeñas cervecerías suecas cuyos productos son difíciles de encontrar, otras son real ales ingleses, y muchas son importaciones de Bélgica, Alemania, USA, y un largo etcétera.

La variedad es impresionante, así que es un pub de obligada visita para cualquier aficionado al zumo de cebada fermentado que se precie. De hecho, al igual que el cercano Akkurat (otro paraíso de la birra), el Oliver Twist se ha ganado el exigente sello de calidad Cask Marque, que certifica que en él la cerveza es mimada y servida como debe ser.

Cask Marque es una organización británica que sólo se ha dignado a aceptar en su seno a 4 pubs de fuera del Reino Unido: los dos referidos en Estocolmo, y otros dos en Dinamarca. El que no haya más pubs extranjeros que reciban la aprobación de esta entidad se debe no únicamente al tradicional complejo de superioridad del Imperio, sino sobre todo a que el ámbito principal de Caske Marque son los bares donde se ofrece real ale, y es difícil encontrar pubs que lo tengan fuera de Gran Bretaña, ya que esta cerveza requiere mucha más atención que la más conocida lager. El real ale es una bebida viva y debe ser guardada en bodega a la temperatura correcta por el tiempo justo para ser servida –usando tirador de aire comprimido, no de gas- en su momento óptimo; no muchos encargados de bar no-británicos saben como tratarla, y todavía menos clientes apreciarla. Por eso es tan difícil de encontrar fuera de su país de origen.

Total, que el Oliver Twist es la hostia. Además la comida es bastante decente y, por si todo esto fuera poco, tiene un gran aliciente más para acudir a él a beberse el Ebro: no ponen canciones de Michael Bolton. Véanlo proclamado al final de la pizarra que hay en la entrada:

Disculpen por lo borroso de la foto, achacable a mi proverbial falta de pulso. Traduzco por si no se lee o entiende:

“Bienvenidos a Oliver Twist!
23 cervezas de barril
Más de 150 en botella
Estupendo nuevo menú
y NO ponemos canciones de Michael Bolton”

Vale que el Bolton es un hortera de cuidado y sus canciones aburren a las ovejas, pero no sé, no es para tanto, no?

PD: por si a alguien le entrase la duda, aclaro que no utilicé RyanAir para ir a Estocolmo

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Desafiando a la crisis, Michurri y yo decidimos tirar la casa por la ventana y escaparnos de vacaciones a Seychelles unos días el pasado mes de agosto. Estuvimos en Denis Island, un lugar mágico que une a los valores tradicionales de este archipiélago (sol, magníficas playas, cristalinas aguas) el de ser una joya de la naturaleza.

Denis vista desde la avioneta, el norte a la derecha

Denis es una isla coralina de tan sólo 1,4 kilómetros cuadrados situada en el extremo norte del país, un pasito por debajo del Ecuador. No se tiene constancia del paso del hombre por este vergel hasta 1773, año en el que el explorador francés Denis de Trobriand puso su pie en él, dándole su nombre. Inicialmente la isla fue explotada para extracción de guano, y luego como plantación de coco. Quedan como únicos vestigios de esta época las ruinas de un pequeño poblado con su cementerio y todo, un faro de 1910 y algunos cocoteros que se optó por conservar cuando se repobló la isla con flora autóctona hará unos 30-40 años.

Mapa del archipiélago principal de Seychelles

Hoy en día Denis presenta un aspecto probablemente muy similar al que tenía cuando fue descubierta. La gran mayoría de la isla está cubierta con un tupido bosque tropical que es posible visitar recorriendo los senderos que lo atraviesan. La única presencia humana está en la parte norte de la isla, donde hay un pequeño hotel de 25 habitaciones que combina sabiamente un lujo discreto con el respeto a la naturaleza que lo rodea. Además de dedicarse a mimarnos a los afortunados huéspedes, este establecimiento participa en un exitoso programa de conservación que mantiene la isla como un paraíso natural y que contribuye a la protección de especies endémicas en peligro de extinción.

En Denis pueden verse aves, reptiles y plantas que sólo se encuentran en algunas islas de Seychelles. La especie más espectacular tal vez sea la tortuga gigante de Aldabra, un bicharraco que cuenta sus años y sus kilos por cientos. Existe en la cercana isla de Bird un espécimen de casi 300 kilos que se cree que tiene entre 170 y 200 años, considerada la tortuga viva más vieja del mundo. En Denis hay un ejemplar de unos 120 años que está todavía en plena forma: pudimos comprobarlo viéndole montando a una hembra como un machote.

Pero sin duda la atracción principal son los pájaros. Hay aquí 5 especies endémicas de Seychelles, dos de las cuales fueron rescatadas del mismo borde de la extinción, además de muchas otras aves típicas del Índico occidental. Destaca el carricero de Seychelles, del que a finales de los 60 quedaban menos de 50 ejemplares en todo el mundo, todos en la pequeña isla de Cousin. Tras un ambicioso programa de reintroducción en otras islas, Denis entre ellas, hoy en día hay casi 3.000 de estos pajarillos, los cuales para indocumentados como yo son parecidos a un gorrión. Es una de las mayores historias de éxito del conservacionismo moderno.

No menos importante es la shama de Seychelles, que en los 70 contaba con sólo 16 supervivientes, todos en Fregate Island. Pese a los enconados esfuerzos por preservar la especie y extenderla a otras islas del archipiélago, en los 90 sólo se había aumentado su número a 23. Por suerte últimamente las cosas pintan mejor y se cree que hay ya unos 200 ejemplares, 24 de ellos en Denis.

Shama de Seychelles. De tanto estudiarlos, los pobres llevan más anillos que un rapero

Debajo del agua también hay mucho que ver. A pesar de que agosto es de los peores meses para el submarinismo, pues los vientos del sudeste alborotan el mar y la visibilidad es bastante reducida, hicimos algunas inmersiones memorables. Pudimos ver decenas de tiburones (tres especies distintas en una sola inmersión), atunes, múltiples tortugas, mantas, rayas, langostas e incluso un marlín negro. Todo ello acompañado de cantidad de peces de colores y bichos varios de desconocido nombre. La pena es que el coral está muy dañado en estos lares por culpa del famoso El Niño de 1997-98, que en Seychelles hizo estragos.

Para los aficionados a la pesca Denis es como Disneylandia, sobre todo en esta época del año. La isla está en el borde de la plataforma de las Seychelles, así que no muy lejos de ella hay profundidades de 2.000 metros donde abundan los grandes peces. De hecho, no demasiado lejos de aquí faenan el Alakrana y otros barcos regularmente acosados por los piratas somalíes. La pesca es junto al turismo la principal fuente de ingresos del país. Nosotros sacamos 12 bestias de cuidado en una mañana, entre petos (wahoo en inglés) y atunes de aleta amarilla, de 8 kilos el más pequeño y 20 el más gordote, y se nos escaparon dos enormes peces vela. Terminé con los brazos como gelatina. Lo mejor fue zamparse tan sabroso botín, atracándonos a sashimi durante los siguientes días.

Wahoo (peto) de 20 kilitos

En lo que no tuvimos suerte fue en ver tortugas marinas desovando en la playa. Hicimos un largo paseo nocturno a la luz de la luna por si sonaba la flauta pero no pudo ser, y eso que aquí vienen con relativa frecuencia durante todo el año, ya sea la tortuga carey o la verde. Tampoco pudimos hacer el paseo guiado con uno de los naturalistas que residen permanentemente en la isla, realizando tareas varias de seguimiento de las especies más delicadas, pues no es fácil encontrar un hueco en su agenda y encima el hombre no se encontraba bien.

En fin, que recomiendo vivamente una visita a este edén a todos los amantes de la naturaleza (aunque advierto que es caro de cojones). Sobre todo si no les importa convivir con pequeños detalles como geckos color verde chillón correteando por las paredes de la habitación, enormes arañas colgando de las palmeras, tábanos pesaos cual vaca en brazos, ver una aleta de tiburón nadando a 10 metros de la orilla o recibir alguna cagadilla que otra en la calva.

Playa de Denis Island

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Hace más o menos un año pasé unos días en Santiago de Chile por trabajo. Me sorprendió gratamente la ciudad que, si bien desde el punto de vista turístico no tiene mucho interés, me pareció muy europea, aceptablemente limpia, segura y tremendamente habitable. Me la imaginaba mucho más caótica y sucia, supongo que por asociación con otras urbes de la zona. Y encima, me llevaron a un par de restaurantes francamente buenos, excelente pescado.

Sin embargo, además de las espectaculares vistas de los Andes, lo que más me impactó de toda la visita fueron los “cafés con piernas”, curiosísimos establecimientos hosteleros donde sólo se puede tomar café o agua en una larga barra, servidos por bellas señoritas ligeras de ropa que además te dan agradable conversación.

A la rica pierna

A la rica pierna

Más de uno –panda malpensados- estará ya diciendo que eso se llama puticlub de toda la vida. Pero no. En los cafés con piernas el alterne no pasa de cordiales palabras y alguna miradita furtiva a la pechuga o muslos de la camarera, las manos quietas. Y encima no sirven alcohol, sólo café; y encima abren sólo de día.

Los lugares estos se merecen en mi opinión el primer premio a establecimiento absurdo donde los haya. Vamos a ver: 11:30 de la mañana, salimos a tomar un café tras una intensa reunión, alguien sugiere ir a uno de estos antros para que yo los conozca; entramos y hay ya varios señores encorbataos tomando su cafecito de cháchara con las jóvenas, que lucen cuarto y mitad de muslamen jamonero y tacones de aguja, coronados por protuberantes pechugas embutidas en ceñidas mallas. What’s the fucking point???!!!.

O sea, a media mañana en un día de curro, no tienen nada mejor que hacer que tontear con una pava 20 años menor que ellos mientras toman el café??? Luego qué, a volver a la oficina trempado como un orangután en celo y corriendo al baño a machacársela para bajarse el calentón??? Mi no entender la gracia. Pero bueno, donde fueres haz lo que vieres. Así que me pedí mi café, le dijimos cuatro tonterías a la camarera –que encima nos tocó “la fea”- y vuelta p’al tajo.

Luego me explicaron que, por prudente criterio empresarial, me habían llevado a uno de los cafés “sosos”, donde las mujeres van más tapaditas y son más recatadas. Que por lo visto hay otros en que directamente van en top-less y son más picaronas. Que sigo sin verle la gracia a tomarme un café en mitad de la jornada laboral con una pava enseñándome las domingas delante, pero bueno. Tal vez si se pudiera ir a las tantas de la mañana, cocido como un pulpo y con un cubata en la mano lo encontraría divertido.

El más famoso de todos se llama “Barón Rojo”, al que algunos recomiendan ir durante el “minuto rojo”, un minuto al día donde las mozas se despelotan enteritas. Advierto que no tengo claro si eso es cierto o pura leyenda urbana, y que por lo leído en la red me da que ya no lo hacen.

Las chicas del Barón Rojo, luciendo carnes

Las chicas del Barón Rojo, luciendo carnes

Por lo visto, estos sitios son típicos de Chile, sobre todo de Santiago (donde nacieron en los 90) aunque también los hay en otras ciudades. Buceando por Internet he leído que en Bogotá también existen, sin ser tan numerosos y parecen más bares de alterne tradicionales (sirven alcohol y abren de noche). Sinceramente, me alucina que un modelo de negocio tan peculiar pueda tener éxito en ningún lado, maravillas de la economía moderna.

El origen del nombre “café con piernas” viene de que los cristales son opacos para que desde fuera no pueda verse a los que están dentro, pero dejando la parte más baja del cristal transparente para que sí se vean las lozanas piernas de las chicas. Eso sí está bien pensado: las piernas actúan de reclamo, pero enseñan lo justo para que no pueda disfrutarse del espectáculo desde la calle y se les llene la ventana de mirones.

Así que si alguien anda buscando una idea para montar algo nuevo y original con que soslayar la crisis, aquí tiene una. No respondo de los resultados, eh?

¿Se atreverá Starbucks a probarlo?

Exterior de un café con piennas

Exterior de un café con piennas

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Acabo de regresar de Roma, parece que la esperpéntica reunión de mi anterior visita hace dos semanas sirvió de algo y he tenido que volver para continuar conversaciones. Cuando tenga un hueco les cuento la mega-super-presentación/show de ayer, vaya tela. Y es que ando un poco como pollo sin cabeza estos días, en un par de horas me piro de puente (aquí es fiesta mañana!!). Así que ruego me perdonen que no me pase por sus respectivos blogs a saludar, la semana que viene haré “catch up”…

Les dejo un par de imágenes curiosas (a la par que borrosas) que me traigo de la capital italiana, para que se entretengan.

Primero, el excéntrico horario de la oficina de ventas de billetes que hay en el aeropuerto de Fiumicino:

Ni un minuto más, ni un minuto menos

Ni un minuto más, ni un minuto menos

(Disculpen la mala calidad de la imagen, creo que estoy desarrollando Parkinson o algo porque no me sale una bien últimamente)

Ese horario era el de una ventanilla, el de la de al lado era todavía más raro: de 7:13 a 13:57 y de 14:18 a 21:00, lo que pasa es que esa foto sí que me salió totalmente ininteligible. No alcanzo a entender qué perversa mente puede haber ideado esos horarios, como para acordarse de ellos. Supongo que igual van acompasados con los de los trenes y de esta forma maximizan el tiempo de servicio, pero podían por lo menos haber redondeado al cuarto de hora más próximo, no?

Lo que es de traca es que cierren a medio día durante 18 minutos en un caso y 21 minutos en otro. Da tiempo a ir al baño y poco más; pa eso ya podían tener horario continuo, no?

Y aquí va otra foto borrosa con un cartel despistado que todavía pedía entradas para la final de la Champions. O el servicio de limpiezas romano es lento de cojones o hay más loco suelto por esa ciudad de lo que yo pensaba.

Igual consigues para la del año que viene, chato o chata.

Igual consigues para la del año que viene, chato o chata.

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Marronazo de proporciones bíblicas el que me cayó la semana pasada. Además era de carácter internacional, nivel Very Fucked-Up Cross-Border Brownie (VFUCBB, según la nomenclatura de la International Academy for Brownie Studies de Viena).

Todo empezó el miércoles, me se acerca mi jefa con esa sonrisilla de “prepárate, machote, que te vas a cagar” y espeta: “te puedes ir a Roma mañana?”. Mi reacción natural hubiera sido decir “cacho cabrona, mejor me iba hoy e igual me cuelo en la final de Champions” (por cierto, ‘norabuena al Barça!!!), pero no, educadamente (se nota la formación en colegio de pago) me limité a decir “sí, locusté ordene, mi reina y señora”.

Ella tenía una presentación con un cliente transalpino y por vaivenes de agenda no podía ir, así que en mi calidad de mamporrero oficial de primera categoría me correspondía a mí la cobertura. Que no me preocupe, que es algo muy facilito, presentación estándar B-1, hartito estoy de hacerla. Llegar, soltar el rollo y pirarse. Lo que se dice hacer el paracaidista. Otros autores (Dilbert et al.) lo llaman “Bungee Boss”.

El "jefe-puenting" en acción

El "jefe-puenting" en acción

Hasta aquí todo bastante bien. Lo de viajar no me importa, es bueno cambiar de aires y salir de la rutina de vez en cuando. Por otro lado, es algo que no parece complicado. Y un huevo. Me debo estar agilipollando con la edad o algo, en lugar de volverme más zorro creo que soy cada vez más inocentón. Será la epidemia de talantitis que invade nuestra bienamada nación. El caso es que tenía que haberme olido que había gato encerrado. Que es casi axiomático que enmarronamiento paracaidista = hostiazo morrocotudo. Se cumple siempre.

Llega el día D y tras madrugón olímpico, de los de no saber si acostarse pronto o directamente irse de copas y empalmar (si viviera en Barcelona ésta hubiera sido sin duda la opción elegida…), llego sin novedad en el frente a la ciudad eterna. Calorazo agobiante, con un grado de humedad para el que mi metabolismo mesetario no está preparado, así que el Rexona me abandona a los pocos minutos de aterrizar.

Reunión preparatoria con mis colegas romanos en nuestras oficinas. Primera sorpresita. Que el cliente no espera ver la presentación B-1, que esa ya se la sabe, que su expectativa es ver hoy la C-2 en versión avanzada, ampliada y adaptada al mercado italiano, más anexos técnicos. Que poco menos que espera recibir al experto mundial en la materia. Pues aviaos vamos, que yo he venido aquí a hablar de mi libro y puedo cambiarle el envoltorio y ponerle un lacito, pero no reescribirlo. A improvisar tocan, frenéticamente pergeñamos algunas slides, recolectamos otras de documentos pasados y nos inventamos unos cuantos números. Nos queda un batiburrillo sin pies ni cabeza mitad en inglés y mitad en italiano, hasta se coló alguna frasecita en español, pero mis colegas están convencidos de que eso es mejor que lo que yo traía. Pos vale, yo ya me dejo llevar.

A todo esto se nos echó el tiempo encima y hay que ir cagando leches al cliente. Cojamos el metro, que el tráfico es un caos y en taxi no llegamos. Me cago en su puta madre, vaya mierda de metro tiene Roma. Cutrísimo, abarrotao y sin aire acondicionado. Si Julio César levantara la cabeza echaba a sus responsables a los leones. Encima se ve que es muy inseguro y mis compañeros me dicen que me abrace al portátil como si fuera mi hijo; y como no habíamos comido, compramos unos panini en un kioskete y nos los zampamos durante el viaje. Esto sí que es multitasking: mantener el equilibrio frente a empujones y frenazos traicioneros mientras se aferra uno al portátil con una mano y se come un panino con la otra, todo ello a la vez que se suda a mares.

Llegamos y nos hacen pasar a una sala que debe ser de esas multifunción, en este caso para reuniones y saunas, un horno sin aire acondicionado y con ventanucos tipo prisión de máxima seguridad. Además el habitáculo tiene un aforo como para la mitad de los que somos y hay que apretarse; para mayor inri me toca al lado del proyector, bien calentito. Haciendo gala de la proverbial puntualidad y buena educación romana, el cliente aparece más de media hora tarde con sus secuaces, cuando yo ya casi había hecho charco de tanto sudar.

La reunión fue una bonita colección de estereotipos italianos: la agenda saltó por los aires a los 30 segundos y estuvimos unas dos horas de cuerpo a cuerpo a base de gritos, interrupciones, gesticulaciones melodramáticas, tacos, 7 conversaciones a la vez, etc, y encima no me enteré ni de la mitad porque tras el “hello, nice to meet you” inicial pasaron todos al italiano, salvo para hacerme preguntas putas. Nos dieron la del pulpo, vaya encerrona.

Parece que al menos salvamos los muebles y el cliente no rompió relaciones bilaterales, todo un éxito visto como pintaba el tema. Lo malo es que nos puso deberes y emplazó a seguir avanzando a la mañana siguiente, con lo que tuve que cambiar mis planes y quedarme a dormir. Ni siquiera pude darme el gustazo de meterme una cena pantagruélica a cargo de la empresa, porque entre que tuve que currar en el hotel para preparar unas paginitas más y que con la mierda de la crisis nos han apretao el presupuesto para viajes hasta rayar en la inanición, cené una ensaladita en un cutre-bar y gracias.

Al día siguiente todo fue más tranquilo, sin prisas, con menos gente y en una sala en condiciones. Eso sí, los inútiles de la agencia metieron la gamba al cambiarme el billete y no me quedé en tierra de milagro. Y la aerolínea tuvo el detallazo de obsequiarme con una horita de retraso, la especialidad de la casa.

O sea que estuve poco más de 24 horas en la capital tiberina y no tuve ni un respiro para pasear por el centro. Con la ilusión que me hacía ir a la farmacia más cercana al Vaticano y pedir una caja “King Size” de preservativos estriados -también “King Size”…- “máximo placer”.

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Tal día como hoy hace ocho años iniciaba yo en Roncesvalles mi camino hacia Compostela. Fueron 33 días para recorrer unos 750 kilómetros, todo a pata y mochila al hombro, como en los viejos tiempos. Y en solitario. Bueno, no del todo porque uno siempre hace amigos en El Camino, pero vamos, que iba a mi bola y sin acompañantes fijos.

Me dio por emprender esta aventura porque llevaba unos meses en paro, estaba libre de compromisos y me dije que era la oportunidad de hacer algo así, sin prisas y tomándome el tiempo necesario. 33 días de hecho es una marca bastante pobre, casi todo el mundo lo hace en entre 25 y 30, incluso un prejubilado Basauritarra que conocí la primera noche se jactaba de haberlo hecho en 18 días, asustadito me dejó; y el tío era la quinta vez que se iba “a saludar a Santi”, como él lo llamaba. Lo perdí de vista al día siguiente, vaya ritmo llevaba el jodío.

Yo lo empecé en Roncesvalles

Yo lo empecé en Roncesvalles

Para mí la gran gracia de El Camino fue precisamente esa: ir con calma, disfrutando de cada paso, relajadito, y aprovechando para degustar las delicias gastronómicas de las distintas provincias que se atraviesan. Un txuletón memorable en Navarra, pochas en La Rioja, lechazo de churra en Palencia de los que se derriten en la boca, espectacular cocido maragato en Astorga, un botillo (me lo zampé entero yo solito) en El Bierzo y ya en Galicia, de todo: pulpo, rape a la gallega, callos con garbanzos, ternera, lacón, y la gran traca final, una supermariscada en el mismito Santiago para celebrarlo. Lo mejor es que fuimos a un restaurante bastante puesto con pintas de peregrino (chándal de Pryca y sandalias) y todo el mundo en las otras mesas superencorbatados y tal. Cual aprendiz de Jesús Gil, me fumé un pedazo de Cohiba con un copazo de coñac del güeno ante las indiscretas miradas de la peña, sólo me faltó poner los pies encima de la mesa. No todos los días se celebra el final de una peregrinación, qué carallo.

Lo que me encantó de esta aventura fue la sensación de libertad, de estar en control de mi propio destino. Tenía todo lo necesario en mi mochila y, cual si fuera un caracol bípedo, decidía sobre la marcha hasta dónde caminar cada día, dónde parar a echar una siesta, dónde comer, etc. Hubo días que caminé más de 30 kilómetros, otros 15, según me diera. A veces hacía etapas largas en 5 ó 6 horas y en una ocasión tardé 10 en una etapa corta, me dio una pequeña pájara y  tuve que parar varias veces a descansar; mi condición física entonces era tan deplorable como ahora. De noche, dormía a pierna suelta a pesar de que en algunos albergues pernoctábamos más de 50 peregrinos en una misma habitación, pero está uno tan cansado que a las 9 ya se le caen los párpados. Y a las 6 ó 7 de la mañana, diana y a caminar.

Vieiras también comí unas cuantas

Vieiras también comí unas cuantas

Como dije, iba solo y hubo tiempo para la meditación y la introspección, algo muy saludable, aunque también conocí mucha gente: de Brasil, Nueva Zelanda, Estados Unidos, Austria, Uruguay, Francia, Holanda, Italia, Alemania, Australia… los españoles éramos más bien minoría. Y había un buen rollito que te cagas, muchas veces hacíamos fondo entre varios, comprábamos cuatro cosas en la tienda del pueblo y montábamos una cena comunitaria en el albergue. Hasta se liga y todo. Hakuna Matata.

Ya imaginarán que el rollo religioso no era para nada mi motivación para este peregrinaje, ni siquiera en plan movida espiritual-ascética, ni nada por el estilo. De hecho, un amigo me recomendó leer antes de salir el libro de Paulo Coelho “El Peregrino de Compostela” y lo tiré a la basura tras aguantar unas veinte páginas, vaya tostón, comida de tarro total. Sin embargo, fue en este viaje la última vez que fui a misa motu proprio (es decir, sin que sea bautizo, comunión, boda o funeral), así, porque hoy es hoy, me apeteció y punto. Quieras que no el misticismo de El Camino te atrapa y te pones trascendental en algún momento. Nada que no cure una buena botella de tintorro.

Sí me emocioné mucho en la misa del peregrino en la catedral de Santiago, donde además pudimos disfrutar del vuelo del botafumeiro, sufragado por unos turistas ingleses. No sé cómo funcionará ahora, pero en aquel entonces el botafumeiro sólo lo sacaban a pasear “de oficio” los domingos, el resto de días había que apoquinar como 10.000 pelas, que por suerte pagaron los guiris. Después, despedidas llorosas en la plaza del Obradoiro y cada mochuelo a su olivo.

Obradoiro Square: Game Over

Obradoiro Square: Game Over

De todo el periplo, la etapa que más me gustó fue la escalada a O Cebreiro, que supone la entrada en Galicia y la subida más dura del recorrido. Para hacerla más divertida me dio por caminarla de noche, aprovechando que había luna llena. Empecé la ascensión como a las 11 y llegué arriba a las 3 y pico, con un frío que pelaba y fantasmagóricos jirones de niebla jalonando mi entrada en el pueblo. Sólo faltó que me saliera una meiga. Como estaba todo cerrado –lógico a esas horas-, monté el chiringuito en un cobertizo y tras fumarme un Montecristo para celebrar la hazaña, a romper la quietud de la noche a ronquido limpio. Aquí paz, y después gloria.

Pues eso, que hoy hace ocho años y me he puesto nostálgico. No les voy a dar la chapa con que me cambió la vida ni cosas de esas, más que nada porque sería mentira; pero sí les digo que repetiría el paseo sin dudarlo y desde luego se lo recomiendo a todos los que tengan tiempo para ello, que de pasta sale bastante barato y encima adelgazas y coges buen colorcito de cara al verano. Buen Camino.

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Volar en avioneta sobre la sabana africana es una experiencia inolvidable, pero no exenta de riesgos, como pueden ver en la siguiente foto:

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Encontré la foto esta por casualidad, buscando información sobre safaris por los foros de Internet, y me picó la curiosidad por conocer sus pormenores. Googleando aquí y allá, he podido averiguar que el accidente fue durante el despegue, ocurrió en Botswana, en mitad del delta del Okavango, parece que en el año 2000, y por suerte no hubo más víctimas que la jirafa, la cual, según todos los testigos presenciales, fue la culpable del choque, pues no miró a los lados antes de cruzar la pista como es preceptivo. Si es que van como locas.

El único ocupante de la avioneta, el piloto Tico McNutt, salió casi ileso. Resulta además que es un conocido investigador –sale en Wikipedia y todo-, fundador del Botswana Wild Dog Research Project, que ha contribuido grandemente a la conservación del amenazadísimo licaón. Lo que no sabemos es cuánto ha contribuido a la mortalidad de las jirafas…

Y si les va el morbillo de estos accidentes, visiten esta web que documenta este y otros muchos, con todo lujo de detalles.

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